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jueves, agosto 29

La peor época del año

Creo que podréis estar de acuerdo conmigo en que la peor época del año es sin duda alguna el final del verano. Y si no estás de acuerdo ya puedes ir cerrando la puerta cuando salgas.
En fin, el fin.
Los finales ya son de por sí tristes y feos, pero éste en especial te deja marca. Y más cuando te das cuenta de que lo mejor llega al final. Como todo en esta vida al parecer. 
Empiezas a hacer la maleta para volver a eso que no-debe-ser-nombrado llamado "rutina", y todo de repente, se hace imprescindible. De repente todo lo que antes ni mirabas al pasar necesita un hueco en la maleta. De repente se te escapa una lagrimilla por esa entrada al cine de verano, por una pulsera de los puestecitos de la playa, por el abanico que encontraste en la barra de aquel bar, por la foto del fotomatón desencuadrada. Todo te lo quieres llevar, pero en el fondo sabes que allá donde vas no es el lugar. Su sitio está aquí, donde empieza el mar y acaba el verano. Pero piensa que si todo eso formara parte de tu día a día ya no sería especial. A mi de momento este consuelo no me acaba de convencer porque todos nos queremos quedar. Pero cada cosa, cada persona, tiene su momento. Por eso cada vez estoy más a favor de que a uno se le vaya la cabeza y lo aproveche. Como dicen las modernitas wannabe hipsters de ahora "Carpe the fucking Diem". 
En fin, el fin. 



M. 

martes, agosto 20

El amor es pasión, obsesión, no poder vivir sin alguien. ¡Pierde la cabeza! Encuentra a alguien a quien amar como loca y que te ame de igual manera. ¿Cómo encontrarlo? Pues...olvida el intelecto y escucha al corazón. Porque lo cierto es que vivir sin eso no tiene sentido alguno. Llegar a viejo sin haberse enamorado de verdad... en fin, es como no haber vivido. Tienes que intentarlo, porque si no lo intentas, no habrás vivido.

miércoles, agosto 14

Tía, no te rayes


Por todos es conocido que los hombres y las mujeres tenemos grandes diferenciasque podemos apreciar de manera muy clara en nuestro día a día. Estas diferencias (al margen de que en los restaurantes de postín las mujeres identificarán el lavabo de manera inmediata con la puerta en la que luce un dedal de porcelana china que tiene una grulla cantando al alba y los varones lo harán con la del dedal de porcelana china que tiene una grulla cantando al anochecer)  podemos apreciarlas sobre todo en la manera de afrontar los problemas de los colegas en uno y otro caso.
Mientras que los hombres nos complicamos la vida con elaborados métodos para eliminar el drama de nuestros amigos en momentos de necesidad, que han dado como resultado complejas frases como “¿a quién hay que partirle las piernas?”“deja de pensar en eso y vamos a emborracharnos” o “vamos a emborracharnos y después le partimos las piernas”, ellas han sido capaces de aunar en una sola frase los sentimientos de “me preocupo por ti, amiga” y “tampoco somos tan amigas como para que me des la brasa de esta manera”; y lo llevan haciendo desde tiempos inmemoriales con “tía, no te rayes”. No hay problema que un “tía, no te rayes” no dé por zanjado.

Aunque el origen de la frase se remonta a la mitología griega, cuando Hera (en griego antiguo "Ἥρα Hēra”, “Ἥρη Hērē” en jónico y griego homérico y “la mayó de la Rea” para las señoras del Olimpo) que no tenía muy buen genio y estaba todo el día inventando cosas para condenar a todas las que miraban a su marido / hermano, Zeus, descubrió que Paris de Troya (primo segundo de Paris de Hilton) había elegido a Afrodita como la diosa más bella en una especie de concurso de misses helénico. Indignada porque ella sabía más de Rusia que ninguna de las otras, cogió un rayo de su marido Zeus e intentó agredir a Afrodita; consiguiendo Atenea impedírselo al grito de “¡tía, no te rayes! Jajajajajja, ¿lo pillas? ¡es que llevas un rayo! ¡NO TE ‘RAYES’!”. Nadie le rió la gracia, y desde entonces Atenea decidió no volver a hacer chistes (por eso al Teatro Ateneo no va El Club de la Comedia), pero la frase ya estaba ahí para generaciones posteriores.La historia lo prueba; ya hace 40.000 años –aproximadamente la segunda temporada de 'Cuéntame'- en tiempos del Paleolítico Superior (o como a mí me gusta llamarlo, Paleolítico de Arriba, donde hacían mucho mejor las paellas que los del Paleolítico de Abajo y gastaban menos jabón en limpiar los platos) las mujeres de cromañón usaban el “tía, no te rayes” como podemos apreciar en laspinturas rupestres, en las que sólo se apreciaban los problemas de los hombres con la caza, porque ellas no se rayaban.

Fue Cleopatra la que en el 51 a.C. volvió a poner de moda la expresión cuando su hermano Ptolomeo XIII, conocido por sus pérdidas de orina, le dijo que no estaba bien lo de liarse con Marco Antonio y después con Julio César, que eran colegas. Ella no se inmutó y le respondió “tía, no te rayes” (porque su hermano llevaba los ojos pintados y podían hablarle en femenino) e hizo lo que le dio la gana, que para eso era reina y guapa.
Tuvieron que pasar muchos años hasta que otra mujer, Juana de Arco, volviera a hacer uso de tan insigne frase. Según las crónicas de la época, Juana fue increpada por su propia compañía para no seguir avanzando en la batalla al grito de “¡Considerad hacer un esfuerzo para volver a la ciudad, o vos y nosotros estaremos perdidos!”, que no es más que una traducción rimbombante del “Tante, ne te casse pas la tête” o “tía, no te rayes, pasa de él que me enmarronas”. Ella, que era muy cabezona y un poco marimacho, no hizo caso y acabó en la hoguera, donde se rayó un poco.
Otros casos de mujeres que no hicieron caso a un “tía, no te rayes” los podemos encontrar en Santa Teresa de Jesús, a la que, según relata el biógrafo francés Pierre Boudot, se le apareció el mismísimo Jesucristo durante su época de clausura y le dijo “tía, no te rayes”, pero ella no pudo evitar rayarse, como demostró posteriormente. O en Marie Curie, que allá por 1898 tuvo la siguiente conversación de Whatsapp con su marido Pierre:

-Pierre, hay una piedra que cuando la cojo me veo las falanges (icono de calavera).
-Tía, no te rayes (icono de flamenca).
-¿Cómo no me voy a rayar? Me rayo. X (que es beso en inglés, porque Marie y Pierre eran muy modernos y veían 'Gossip Girl').

Dándole nombre así a su nuevo descubrimiento.

Y así es como esta frase ha marcado la historia tanto por su uso o como por la falta de este, como es el caso de Jane Austen, a la que alguien le debería haber dicho “tía, no te rayes” o de Frida Kalho, que recibió un “tía, no te rayes” como respuesta al decirle a su mejor amiga de la adolescencia “creo que me está saliendo un poco de entrecejo”.

El caso más reciente de su uso lo tenemos en todos los periódicos. “Luis, nada es fácil, pero hacemos lo que podemos. Ánimo, tía, no te rayes”. Y problema resuelto.



miércoles, junio 12

Mafalda



Hace muchos años conocí a una chica en uno de esos viajes sin billete de vuelta. Era muy divertida, robaba botellas de vino del comedor de su residencia de monjas y me dejaba siempre algún disco diciendo “Tienes que escuchar esto”, mientras me clavaba aquellos ojos encendidos, como si fuéramos dos espías en la Viena de la II Guerra Mundial y me estuviera entregando un microfilm con información crucial para el devenir de la humanidad.
¿Qué cómo se llamaba?
Pongamos que Mafalda.
Mafalda iba por la vida como una funambulista, con un pie dentro y otro fuera. Siempre por el lado salvaje de la vida. Muy Lou Reed.
Mafalda fumaba. Claro que fumaba. Las chicas como Mafalda siempre fuman. Eso es algo que va con el personaje. Pero nunca olía a tabaco. Ella jamás lo habría permitido.
Enamorarse de Mafalda era algo inevitable. Tenía seis balas en el tambor de ese revólver que tenía por alma y todos mis amigos y yo fuimos cayendo como moscas.
Bang, uno. Bang, dos. Bang, tres. Bang, cuatro. Bang, cinco.Bang, seis.
Y todo olía a pólvora, a cerilla apagada y a su colonia.
Uno trataba de no caer en su tela de araña pero acababa enredado por todos lados. Caíamos. Caíamos con la delicadeza de un piano de cola desde un ático. Como elefantes por el desfiladero de las Termópilas. Así caíamos.
Y lo peor es que ni te dabas cuenta. ¿Yo? Ja, ja, ja. No pienso caer, decías confiado. No. Niet. Nunca. Jamás. Never. Pero éramos los 10 negritos de Agatha Christie: nuestro fatal destino ya estaba escrito.
Ella me veía como un chico estupendo para charlar de discos y tomarnos unas copas. Yo la veía a ella como una chica estupenda para curar con Betadine los arañazos en las rodillas de alguno de los 25 hijos que planeaba tener con ella.
Siempre lograba encontrar una o doce maneras de escapar descalza por la puerta de atrás de mi vida.
Nunca nos peleamos por Mafalda. Porque no tuvimos oportunidad. Habría sido como pelearse por ver a quién le ilumina más la luna. Era una disputa estéril. Ella vivía en una huida constante y nosotros íbamos detrás a lomos de un caballo de tiovivo.
Mafalda era como Moby Dick. Si ella leyera que la estoy comparando con una ballena probablemente me arrancaría el corazón, como en esa escena de Indiana Jones, y me lo pasaría por la termomix. ¡Una ballena! Qué desfachatez. Con lo presumida que era ella.
Pero cuando digo que era como Moby Dick es porque era rara, diferente a todo, única. Y todos la perseguíamos por eso. Y ella te arrastraba hacia el fondo del mar, como al capitán Ahab.
Las chicas decían que tenía cierto aire a Uma Thurman en algunos gestos. Pero era más guapa. Sobre todo en verano. En verano Mafalda reventaba corazones. Porque la piel, los ojos y el pelo le brillaban como brillan las cosas recién hechas.
Siempre digo que mi móvil favorito era un lamentable Siemens que ya estaba desfasado antes de que saliera al mercado. De formas bastas y rotundas, era perfecto como arma arrojadiza. No tenía pantalla táctil, ni cámara, ni juegos, ni internet ni nada remotamente útil. Pero tenía los mensajes de Mafalda. Esos mensajes que releía sin darme cuenta y que en 140 caracteres encerraban risas, historias y enigmas.
Cuando recibía un mensaje de Mafalda, me ponía de rodillas, como si celebrara el gol del minuto 116, mirando al cielo, I belong to Jesus, y daban ganas de descorchar una botella de champán y beber de ella y luego ir haciendo la conga a celebrarlo.
Una noche de verano en Madrid volvía andando con ella cerca de Cibeles. Hacía calor, la ropa se nos pegaba al cuerpo y estaba amaneciendo. Y me dijo lo mucho que le apetecería bañarse en la Cibeles. Y yo no podía dejar de imaginármela como a Anita Ekberg en La Dolce Vita.
Mafalda fue quién me enseño que Frank Sinatra era puro rock and roll.
Ponía un vinilo heredado de su padre. Y bailaba. Lento. Siempre muy lento.
Hubo una época en la que tenía que dar la vuelta a los libros de mi estanterías que Mafalda me había regalado. Porque no me dejaban dormir. Eran como amenazantes ojos de una serpiente en mitad de la oscuridad de mi cuarto. O como el puto tic tac de uno de esos Swatch que no te dejan pegar ojo.
Mafalda siempre vivía de noche.
Vivimos de noche y bailamos rápido para que no nos crezca la hierba bajo los pies. Ese es nuestro credo.
Pero no me estoy refiriendo a que acabara en la tarima de un after bailando “La mayonesa”. Hablo de otra cosa.
Hablo de que siempre tenía una última bala. Un último baile. Una última copa. Una última canción.
Su vida era siempre un gol en el descuento. Un permanente acto de locura como subir a rematar un corner con el portero.
Hablo de echar un pulso al día hasta caer desfallecida en la cama. De no rendirse nunca.
De rebañar el plato, aprovechar la última gota de la botella de vino y Carpe that fucking Diem.
De como cuando eras niño y sorbías como un chupóptero las últimas gotas de tu batido.  De cuando no pensabas nunca en el mañana. De cuando leías con la linterna debajo de la cama cómics de Asterix y Tintín hasta que se te cerraban los párpados. De cuando te revolvías como gato panza arriba para no irte a dormir.
Siempre me recordó al personaje de un cuento de Hemingway que decía:
Yo soy uno de los que les gusta estar en los cafés hasta que cierran.
Con los que nunca se van a dormir.
Con los que necesitan una luz por la noche.
 Mafalda siempre se reía con los cosas que le escribía. Se reía fuerte y se le marcaban los músculos del cuello y parecía que en cualquier momento iba a entrar en autocombustión.
Tienes que escribir, escribir y escribir. Y cuando te canses, escribe más. Y escribe. Y escribe. Y escribe.
Nunca lo dejes.
Porque lo más importante en esta vida es encontrar lo que te gusta.
Y entonces, dejar que te mate.
Perdí la pista a Mafalda. No sé en qué andará metida. A lo mejor ahora está casada con un armador griego millonario, a lo Jackie Kennedy.
Eso sería muy de Mafalda.
En una ocasión leí que la gente que más te ayuda es la que entra y sale de tu vida, como un fantasma. Como Mafalda.
En estos días de invierno disfrazados de primavera, de dolorosas derrotas del Real Madrid y en los que uno puede escuchar la lluvia cayendo en el corazón, me acuerdo de “Rain in my heart” de Sinatra.
Y pienso en Mafalda.
Y pienso si sigue dejándose matar por aquello que le gusta.








sábado, junio 8


Nos quedamos hasta la hora de las sombras. Antes de la despedida es costumbre intercambiarse direcciones, promesas de escribirse. Nos dijimos nosotros no.
No nos arrastremos tras una promesa para traicionarla. Sabemos perfectamente que no volveremos a vernos. Y si ocurre, seremos diferentes y no nos reconoceremos.

lunes, junio 3


- Te gusta el amor?- preguntó mirando muy fijamente hacia delante, donde se levantaba la alzada de una barca coloreada de blanco y con una franja azul.
-      + Antes de este verano lo leia en los libros y no entendía por qué los adultos se acaloraban tanto. Ahora lo sé, provoca cambios y a las personas les gusta que las cambien. No sé si me gusta, pero ahora lo tengo y antes no.
-       - Lo tienes?
-    + Sí, me he dado cuenta de que lo tengo. Empezó con la mano, la primera vez que me la mantuviste sujeta. Mantener es mi verbo preferido.
-        -  Qué cosas mas graciosas dices. Estás enamorado de mi?
-     + Se dice así? Empezó por la mano, que se enamoró de la tuya. Despus se enamoraron las heridas que se pusieron a curarse a toda prisa, la tarde que viniste a verme y me tocaste. Cuando saliste de la habitación, me sentía mejor, me levanté de la cama y al día siguiente estaba en la playa.
-      - Entonces, te gusta el amor?
-   + Es peligroso. Provoca heridas, y después, a causa de la justicia, más heridas. No es una serenata en el balcón, se parece a una marejada de abrego, revuelve el mar por encima y por debajo lo remueve. No sé si me gusta.

lunes, mayo 27

Y se dio la vuelta


No llovía, ni tampoco hacía viento, ni tormenta. Hacía un sol abrasador. De esos que no perdonan. Un sol que nada más verlo ya ofendía. Ofendía porque dado su estado de ánimo, cualquier cosa que pudiera provocar felicidad en el resto del mundo le era del todo insultante. El tiempo no iba a la moda con sus sentimientos. Por eso, cuando llegó el momento de la despedida, miró al cielo unos segundos para cerciorarse de que el sol seguía ahí, que no había cedido a sus plegarias de irse corriendo del cielo y dejar paso a alguna lagrimilla de agua que en ese momento le era del todo necesaria para ir acorde con la situación. Le faltaba valor, cierto. Y las dudas le subían por los dedos de los pies intentando hacerse hueco en su cabeza. Conseguían que su lengua se liara a sí misma y que la voz se le rompiera en mil pedacitos antes incluso de salir a la luz. Pero a pesar de todo, por increíble que parezca , corazón consiguió tirar de cabeza. Tiró cuando ésta negaba lo evidente, cuando no quería ver la realidad y mantenía al cuerpo obediente. Tiró el corazón incluso cuando los demás trataban de convencer a la cabeza de que la vista la engañaba, los oídos la traicionaban y los besos estaban sobrevalorados. Tiró corazón porque por una vez había que hacer de tripas cabeza. Y tras mucho tiempo estando viviendo de lo que un día habían sido, comiendo de lo que hubo entre ellos, y bebiendo de esperanzas, su corazón dijo basta. Poco a poco se habían ido tejiendo unas heridas que se han quedado ahí latentes hasta ahora, por mucho que ha intentado sellarlas con un poco de perdón, olvido y madurez. Pero al igual que el primer amor, las primeras heridas nunca mueren. Así que por fin, ahorrando una poca de valentía por el camino a su cita, dijo adiós. Le costó, sí, porque no quería abandonar aquellos brazos de falso confort y esos besos que sabían distantes. Pero sabía que cuanto más siguiera con aquella mentira más grande sería la caída y la humillación cuando todo fallara. Porque aquella relación estaba condenada al vacío en el momento en que uno de los dos perdiera más de lo que ganaba. Ecuaciones así no sobreviven mucho. Dijo adiós al mismo tiempo que le plantaba un beso suave y fugaz, como ellos. Pero antes de darle la espalda, le dio las últimas palabras sinceras que escribió su corazón; para que no olvidara cuánto llegó a sentir incluso cuando sabía que nada era real.