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viernes, noviembre 29

Algún día encontraras a alguien a la medida. Que se olvide de tu pasado, de tus fracasos, que no le importe lo que fuiste, lo que hiciste, lo que algún día por malos actos tal vez perdiste. Alguien que te levante, que te perdone, que te cuide, que llore contigo y si es necesario te haga llorar, alguien que te entienda cuando ni siquiera tu lo haces. Alguien que al entrar en tu vida te hará saber porque no funcionó nada con alguien más, alguien a la medida.

jueves, noviembre 28

Aspirinas para el alma


Aunque lo habían intentado otros antes, a mí me enseñó a beber whisky una mujer, más guapa y más joven que yo, en un aeropuerto. El día había sido duro y el avión de vuelta a Madrid acumulaba retrasos. Era la una de la madrugada de un jueves y en la T1 del Prat ya sólo quedábamos los rezagados del último vuelo. Teníamos un vale para gastar en el bar y ella decidió por mí: Whisky, a palo seco. "Bebe sorbos pequeños, siente como te va relajando todo el cuerpo". Maldita la razón que tenía. 
 
¿Por qué whisky y no otra cosa? Porque el whisky duele mejor.
 
El whisky es la salida y la llegada. La paz del trabajo bien hecho. Desinfectante para el alma. Es el pasaporte de los nacionales de  "aquí estoy, con mis fortalezas, pero también con mis heridas y mis mierdas". En Madrid, Bogotá o en Osaka. Tengas treinta, cincuenta o setenta tacos. 

Seas de la raza que seas. Las puñeteras Naciones Unidas del final del día.El whisky es un regalo si se bebe cuando toca y como toca. Esto es importante. Una borrachera de whisky acaba en resaca de whisky. Y eso no lo deseas, créeme. Maldecirás tu vida mientras sientes como el mismo diablo te da puñetazos en el estómago. Pero bien tomado te reconcilia contigo mismo, te ayuda a comprender. 
 
El whisky te mira a los ojos del alma. Es él y tú. Dicen que es una relación jodida porque tú lo amas pero él nunca te corresponde. Pero qué relación no lo es.


Hombres de Bien

miércoles, noviembre 27

Lo poco que sé de ella


No lo encontré en ningún libro, ni en un artículo de revista cutre, ni en ninguna película por muy profunda que fuese. De la vida aprendí viviéndola, arriesgándome. Solo hay un par de cosas seguras: que viviré unos años, que tendré buenos y malos momentos y que al final moriré. Pero vamos que no te he descubierto nada nuevo con eso.
Lo que sé de la vida lo aprendí a base de conversación, en los mejores momentos con café o ginebra de por medio. Las experiencias no sirven de nada si luego no se reflexiona porque es precisamente eso lo que nos hace mejorar y no volver a cometer el mismo error.  Que vivir a lo loco a los quince está genial pero a partir de cierta edad resulta triste.
Lo primero que aprendí, de muy pequeña ya, es hasta donde llega el amor de unos padres. Da igual lo que hagas, digas o pienses. Da igual la cantidad de veces que pongas a prueba hasta dónde llegan sus límites. Da igual el daño que les hagas porque para ellos cualquier error descomunal es insignificante al lado de la más pequeña de las alegrías. Lo malo es que no supe a apreciar esto hasta que fui bastante más mayor. Nunca hay que olvidar que, con ese apoyo tan desinteresado e infinito, cualquier cosa es posible. Muchas de las cosas que he hecho han sido gracias a eso.
También vi que el control que tienes sobre las cosas que te pasan es mínimo tirando a nulo. El factor suerte existe. Es una realidad. Algunos nacen con él, otros no. Pero eso no significa que unos hayan nacido para ser grandes y otros para vivir en la sombra de los primeros. Tan sólo es que algunos tienen que trabajárselo un poco más. Una vez leí que “la vida no consiste en tener buenas cartas, sino en jugar bien las que uno tiene”.
Cuando entré en la adolescencia aprendí, de una forma no demasiado agradable, que el que no corre, vuela. Las prisas siempre se dice que no son buenas, pero el que se queda quieto parado sí que no se lleva nada. Hay que tener inquietudes y, más que nada, aspiraciones porque si no se vive de forma monótona, en estado vegetal, y mueres igual que naces. Cuando hice este descubrimiento, me prometí a mí misma que cuando llegase a los 80 y mirase atrás, no pudiese evitar sonreír al acordarme de todo lo que había vivido.
También aprendí que sólo hay dos tipos de personas en esta vida: a las que les importas y a las que no. Así de fácil. El primer grupo suelen ser un 5% de la gente a la que conoces. Lo que no aprendí hasta más tarde es qué hacer con el 95% restante. Como dice una gran amiga mía de ese pequeño grupito, no nos queda otra que llevarnos con gente absurda porque si no estaríamos solos la mayoría del día. Y cuánta razón tiene. Para mí esto sólo hace que quiera a ese 5% un poco más.
 En la universidad supe que las oportunidades según llegan se cogen o no, pero jamás esperes que lleguen por segunda vez porque nunca serán igual que la primera, por mucho que nos queramos engañar. Que los que prometen hasta el oro y el moro suelen ser los que menos tienen que dar. Con esos cretinos, piensa mal y acertarás.
Con mi primer amor aprendí que no hay mejor sensación que enamorarse. Merece la pena incluso todo el dolor de la ruptura tan solo por haber vivido esa felicidad. Pero también aprendí que los consejos de las madres hay que seguirlos a pies juntillas. Hay que hacerles mucho caso. Con eso aprendí que el que te quiera alguien no es suficiente. Hay muchos factores más.
Al acabar la carrera descubrí que tú eres tú y tus circunstancias. Tú y tus problemas. Tú y tus soluciones para ellos. No hay que dar por hecho que alguien va a venir a solucionártelos. No. Quizás tengas la suerte de que alguien se ofrezca pero no es lo normal. Cada uno tiene que tirar de su propio carro y que no hay mayor satisfacción que poder decir “misión cumplida”.
Pero lo más importante de todo lo aprendí hace poco: necesitas un ancla, una raíz, algo a lo que volver cuando las cosas vayan mal. Algo que te mantenga firme y te ayude a pasar el mal trago. Algo que te mantenga cuerdo. Yo no encontré al mío hasta hace pocos meses pero, amigo mío, más vale tarde que nunca. Desde que le encontré, he sido mucho más feliz.

martes, noviembre 26


jueves, noviembre 21

Perdonen que no me arrodille


Si os manifestáis, os multan o detienen. Si os multan o detienen arbitrariamente (perdonad la redundancia, dado el contexto) porque osáis defender vuestros derechos y queréis que os hagan justicia, debéis pagar las tasas de juicio. Y, cuando os mienten con el cuento de que vamos a mejor, ni siquiera podréis contradecirles mostrándoles a vuestros hijos sin pan. Siempre saldrá un Don Alguien que les dará la razón, porque es verdad que su economía va bien y que la gente que trafica –hoy me lo ha asegurado el ejecutivo de una inmobiliaria– tiene los brotes verdes brotándoles, de nuevo, de los sobacos, y puede emplear a gente con títulos e idiomas por la mitad del sueldo de un conserje de antes. A la vuestra, a esa pequeña voz de sacrificados en vena, no va a hacerle caso nadie.
Han vencido. Es cierto que ellos salen de la crisis y que ellos, a efectos de supervivencia de su especie, tienen razón. Están surgiendo del túnel, están viendo la luz, conducen la locomotora absolutista, dejan que los indios de la oposición sigan entreteniéndose con sus tonterías durante tantas lunas como sea necesario, y arrastran vagones cargados con miles de silentes borregos a los que esquilar y esquilmar con el beneplácito y para el beneficio del banquero, el empresario y el consejero delegado, nuestra nueva Santísima Trinidad.
Hay que reconocerlo. Se lo han montado de puta madre. Estos más o menos bien nacidos para mandar que constituyen el nuevo antiguo régimen han conseguido un éxito doble. Uno, desarticularnos; y dos, lo que más me duele, celebrarlo en el día en que se cumplen los nunca bastantes años que han caído desde aquel 20-N en el que feneció Francisco Franco, pero no así su Arriba España. La España de Arriba, de los educados matones que no soporta que les muestren una sandalia, de los barrios gangosos donde se respira mejor y en donde el aborto, fraguado y silenciado entre la abuela y la chacha y el ginecólogo de la familia, huele a manta caliente y a confitura de albaricoque. La España de los dos Arturos Fernández, con batines de seda, trajes de etiqueta y moral intercambiables.
Pero no quiero terminar con algo tan amargo. Quiero deciros que todo empieza dentro de uno mismo, que ni arrinconados en nuestra intimidad puede ser, el rendirse, una opción. "No pasarán", el más pisoteado de los lemas, vence verdaderamente cuando se aplica a nuestro interior.
No les dejéis pasar a vuestra conciencia. Ni a ellos, ni a sus mentiras.



lunes, noviembre 18

Amar es sufrir
Para evitar el sufrimiento se debe no amar
Pero entonces se sufre por no amar
Luego, amar es sufrir, y no amar es sufrir
Sufrir es sufrir
Ser feliz es amar
Ser feliz es, por lo tanto, sufrir
Pero sufrir hace que uno no sea feliz
Así, para no ser feliz, se debe amar, o amar para sufrir, o sufrir de demasiada felicidad
Espero que estéis tomando nota

Woody Allen
  

domingo, noviembre 17

"Me llamo Y, y me gusta romper cosas.
Me gusta romper cosas para luego juntar las partes que se han separado, normalmente dos; como los padres.
Ves rajitas irregulares que se han formado al romperse y los trocitos que faltan. Son trocitos que caen al suelo, desaparecen, ya no los puedes recoger. Y son justamente esos los que unían las partes y las hacían una. Las brechas que se abren no se pueden coser ni tampoco pegar. Por más que me empeño en encajar las dos partes, siempre fijándome atentamente, hay cosas que no cuadran. Y no cuadrarán jamás. Porque las partes ya no son las mismas. Aunque fuerces, aunque empujes, aprietes y estrujes. Hay algo que se ha perdido por el camino, y por ahí se ha quedado; por el camino. Lo único que puedo conseguir es que se rompan aún más, en más trocitos y partes que van al suelo, a la alcantarilla o por la ventana. 
Me gusta romper cosas, no gente. Y al parecer a la gente le gusta romperme. 
No hay mejor pegamento que el tiempo.
Cuando miro puedo ver tu pegamento,   el tuyo, y el tuyo. Y también el mío. Las brechas que cubre con invisibles al corazón. 
Me llamo Y, y no creo que lo que un día se rompió puede arreglarse. 
A no ser que alguien ponga pegamento de por medio."M.